Senador Viera: “El crimen contra la humanidad comienza con la intolerancia y desprecio a los diferentes”

04/Feb/2021

El Senador Tabaré Viera, del Partido Colorado, fue el tercer legislador en hacer uso de la palabra en la Sesión Especial de la Comisión Permanente del Poder Legislativo, por el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. A continuación, la transcripción de su discurso.

Señora presidenta: doy la bienvenida a los ilustres ciudadanos que nos acompañan en esta sesión especial y quiero decir que hoy conmemoramos, como se ha dicho, una fecha que está fijada por la Organización de las Naciones Unidas como el Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. El Parlamento uruguayo cumple, entonces, con esa Resolución n.° 60/7, de 1.° de noviembre de 2005, y nosotros lo hacemos en representación del Partido Colorado, convencidos de la necesidad de recordar, ¡una y otra vez!, el horror, la insanía extrema de la mayor barbarie que registra la historia de la humanidad. Al hacerlo, además, homenajeamos a las víctimas directas de la Shoá y nos solidarizamos una vez más con todo el pueblo judío, víctima principal de la locura, del racismo extremo, del genocidio que aún hoy –aunque parezca increíble– fanáticos, invaluados dictadores, intentan negar.

Los hechos, como también se ha dicho, son conocidos, pero no está de más recordarlos y reiterarlos para que no caigan en el olvido, para que algunos jóvenes desinformados aprendan y también para que algunos sordos y ciegos del mundo oigan: el Holocausto fue la brutal persecución, el maltrato aberrante y el asesinato sistemático y masivo de más de seis millones de inocentes seres humanos de diversos géneros y edades por el solo hecho de pertenecer a un determinado pueblo.

Albert Einstein decía: «La vida es muy peligrosa, no por las personas que hacen mal sino por las que se sientan a ver qué pasa». Uruguay, a lo largo de su historia democrática, se ha caracterizado por sus valores, por su respeto a la vida, por la búsqueda incesante del cumplimiento de la vigencia de los derechos humanos, lo que nos identifica y nos llena de orgullo; por ello, en momentos históricos en los cuales reaparecen conductas y declaraciones negacionistas de esta barbarie, cuando escuchamos declaraciones antisemitas y de exterminio del pueblo israelí, no podemos callar. Más que nunca nuestra posición debe ser clara y firme: recordar los hechos y homenajear a las víctimas de la Shoá, condenar al antisemitismo y toda discriminación y violencia entre los seres humanos.

El 27 de enero fue designado Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto porque, como se sabe, ese día del año 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, el Ejército soviético liberó el mayor campo de exterminio nazi, en Auschwitz, Polonia. Este no fue el único, pero sí el más paradigmático centro de implementación de la llamada «solución final», al igual que Treblinka, Sobibor, Bergen-Belsen y otra cantidad de campos de concentración, de trabajo forzado y de exterminio. Los soldados aliados y el mundo se encontraron con el horror, con una realidad de la que se hablaba, pero de la que la comunidad internacional jamás podría haber imaginado su enorme dimensión.

Hoy debemos rescatar de esos desgraciados hechos históricos las lecciones que permitan evitar su repetición. Como se ha dicho reiteradamente, a este extremo no se llegó de un día para el otro ni se produjo en un país ignorante y subdesarrollado, sino que fue en el seno de la nación más desarrollada y, supuestamente, más educada de la Europa de los años veinte.

Debemos destacar –una vez más– los terribles datos que hacen lo particular de esta barbarie: la cifra escalofriante, lo planificado del objetivo resuelto y lo que significa haber puesto toda la tecnología y los recursos al servicio de la matanza, decisión política clara e inequívoca tomada en la famosa conferencia de Wannsee a principios de 1942. No fue un genocidio basado en la lucha por el poder y contra un enemigo político declarado en guerra –que, por supuesto, también sería condenado y repudiado– sino que fue mucho peor, fue simple y brutalmente contra un pueblo por ser considerado no puro, de una raza inferior.

Antes de llegar al exterminio de millones de inocentes en la solución final ocurrieron hechos gravísimos. Cabe afirmar que en Alemania campeaba la intolerancia y el fanatismo, padres de tantas barbaries que registra la historia, situación que fue aprovechada por un proyecto político, el del nazismo, el de la construcción de una nueva comunidad racial alemana, el de la creación de una comunidad nacional homogénea con la exclusión de los no arios.

Como siempre, los hechos terribles de las peores dictaduras no ocurren de un día para el otro, sino que son precedidos por años de deterioro de los valores humanos esenciales, de violencia enraizada en la sociedad, de descaecimiento de las instituciones democráticas y, en definitiva, de la pérdida paulatina del concepto ético y moral fundamental de la democracia, que es el respeto por los demás y por sus ideas aun cuando estas sean diferentes. El crimen contra la humanidad comienza con un concepto común: intolerancia y desprecio hacia los diferentes.

Hace algunos años afirmábamos: «A los judíos les quitaron todo en vida y aun después de muertos. Primero su ciudadanía y sus trabajos, después sus bienes, más tarde, su libertad e identidad. A los sanos les quitaron hasta el último aliento en el trabajo esclavo; hasta sus pelos fueron aprovechados para rellenar colchones o sellar periscopios. Y a los enfermos les utilizaron como cobayas para sus experimentos. Hasta después de muertos muchos cuerpos fueron utilizados para hacer jabones. La sociedad alemana tuvo la responsabilidad mayor, por haber aceptado a Hitler y al nazismo, que nunca ocultaron sus propósitos racistas, pero el antisemitismo no fue, ni es, una enfermedad alemana, sino una plaga muchísimo más extendida, y con raíces todavía no extirpadas en sociedades cultas y democráticas, según han venido a recordarlo incidentes muy cercanos».

Está demostrado que la psiquis humana, ante un horror de esta dimensión, naturalmente se inclina por la negación. Ante hechos tan graves, tan brutales, tan injustificados, la reacción automática de las personas es ignorarlos. Tal vez por ello o por la visión de gran estadista, el propio general Eisenhower, en ocasión de su entrada personal a Auschwitz, ordenó a los fotógrafos que documentaran pormenorizadamente los detalles del genocidio, de la oprobiosa tecnología de matar y de los signos materiales de la dimensión del exterminio. Ya sabía el gran genio militar americano que vendrían tiempos de negación; aun con las pruebas documentales, como fotografías, filmaciones, documentos escritos, objetos materiales varios, etcétera, exhibidos en museos del Holocausto –el de Berlín, el de Jerusalén, el de Washington y otros–, así como con miles de testimonio vivos –aun así– han existido y existen personas, organizaciones y hasta Gobiernos que han intentado negar la existencia de la Shoá. Ante las contundentes evidencias documentales han existido intentos de minimizar lo que fue el acto de exterminio más brutal de la historia de la humanidad. Hasta se hicieron cálculos matemáticos para querer demostrar cuántos asesinatos pudieron haber perpetrado de acuerdo con la capacidad de las cámaras de gas y del tiempo transcurrido, como si bajando el millonario número de muertos pudiera ser menor la barbarie.

Por último, surgieron los que intentaron justificar el exterminio; el plan diabólico de eliminar a los judíos de la faz de la tierra. Ahí aparecen, hasta nuestros días, los argumentos del gran complot judío para dominar el mundo. Esto no es nuevo, pero lo que preocupa –es lo que deseo expresar en este día como concepto central de mi reflexión– es la constatación –en varios países del mundo– de pensamientos, de pronunciamientos, de actos de intolerancia y de fundamentalismos que muchas veces son muy similares al estado existente en la sociedad alemana nazi de la preguerra.

Aun cuando desde organismos internacionales como las Naciones Unidas o desde legislaciones nacionales como la nuestra se establezca el reconocimiento del Holocausto e incluso la consideración como delito común o incitación al racismo cualquier acto de vandalismo antisemita –hay países que consideran un delito específico la sola negación de la Shoá–, oímos con preocupación no solo a Gobiernos del mundo islámico negar el genocidio y amenazar con el exterminio del Estado de Israel, sino también a líderes de organizaciones islámicas y a representantes políticos de partidos de ultraderecha de países europeos que practican un discurso antisemita, negacionista, reduccionista o un revisionismo histórico con pretendidas justificaciones.

El antisemitismo rampante de los años treinta del siglo pasado basó su acción en argumentos y en acusaciones varias que lamentablemente –a pesar de ser absurdas– persistieron en el tiempo. Las más conocidas hablaban de los asesinos de Cristo, los causantes de las pestes o los envenenadores de pozos, de las ideas filosóficas e ideológicas del siglo XIX –principalmente en Francia, nada menos, y por supuesto en Alemania– y de la asociación de los judíos con todos los factores disolventes de nuestras sociedades.

Casi ningún país de occidente ha escapado, en estos últimos setenta y cinco años de posguerra, de expresiones y de prácticas de movimientos racistas antijudíos. En nuestra propia América se puede mencionar desde Henry Ford y su periódico antisemita de los años veinte, pasando por la Alianza Libertadora Nacionalista, en Argentina; el célebre padre Meinvielle; el movimiento de Acción Integralista Brasileña, de Plinio Salgado; hasta los movimientos en Chile. Casi nadie escapa de este flagelo.

En nuestro propio país también hubo una mentalidad contaminada por los vientos fascistas y nazis que llevó a la legislación restrictiva de la inmigración eslava de Europa oriental –léase judía– en la década de los años treinta; el rechazo de algunos buques y el desembarco de refugiados judíos; periódicos, de cuyo nombre uno quisiera olvidarse, en los años cincuenta; grupúsculos neonazis; marcadas con cruces gamadas a principios de los años sesenta; el asesinato brutal del contador Lazovsky por un deleznable miniführer criollo que salió de su casa con el propósito de matar judíos, hasta el vil asesinato del comerciante sanducero David Fremd, en 2016, hace apenas cinco años. Nuestro querido país, nuestra hermosa nación oriental, ha construido y sigue construyendo su destino con el aporte de las diferentes colectividades inmigratorias que en diferentes épocas fueron forjando el Uruguay actual. Somos el colectivo, aporte de diferentes culturas que nos han impregnado en forma mayoritaria del sentimiento de tolerancia y respeto a la diversidad, sustento inalienable de una fuerte democracia paradigmática. Inclusive, en estos últimos años, y aun con fronteras cerradas por la pandemia de covid-19, seguimos recibiendo a miles de refugiados de Cuba, Venezuela, República Dominicana, Colombia, países africanos y otras nacionalidades.

En respuesta al antisemitismo, nuestro homenaje a los millones de víctimas de la Shoá lo hacemos con nuestros actos, con una sociedad abierta, pluralista, enriquecida por los aportes de todas las corrientes inmigratorias –las iniciales, en los albores de nuestra historia, y las que siguieron– y hoy celebramos el hecho de que muchos judíos, hijos de esta tierra, también conformaron lo que es hoy la identidad nacional, los renombrados y los anónimos. El Uruguay es lo que es gracias al aporte de todos. Es imposible nombrarlos a todos y tampoco quisiera hacerlo, como si hiciera falta ser encumbrado o hacer una excepción para que el colectivo judío fuera reconocido como un integrante insoslayable y apreciado de nuestro país.

De todas maneras, quiero mencionar a algunos que ya no están con nosotros, porque aludir a los de hoy sería nombrar a cientos de uruguayos, entre tantos otros, que están construyendo el Uruguay de hoy codo a codo con todos. En las artes plásticas encontramos, por ejemplo, a José Gurvich y Zoma Baitler; en la medicina, al doctor Moisés Mizrahi, padre de la reumatología moderna en el país; el doctor Mauricio Gajer, que introdujo el concepto de centros de tratamiento intensivo en la pediatría infantil y todavía hoy –más allá de su desaparición física– es un referente para sus colegas; en el ámbito político, al senador Guelman; a quien fuera diputado y senador, el doctor Nahum Bergstein, y a tantos otros. Todos y muchos más han estado contribuyendo a construir el mundo y a nuestro querido Uruguay, no a destruirlo. ¡Terminemos de una vez por todas con las mentiras, los prejuicios, los preconceptos, los mitos, las calumnias y los libelos antisemitas! Ese será nuestro mayor y mejor tributo a las víctimas del Holocausto judío; debemos asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos, como legisladores, para hacer todo lo que está a nuestro alcance para construir y mantener una sociedad basada en y caracterizada por la igualdad, la no discriminación, la multiplicidad, la aceptación del otro, respetando sus tradiciones y su edad milenaria, que tanto ha dado y seguirá dando al mundo y a nuestro querido país.

Quiero terminar este homenaje, señora presidenta, con algunas frases del escritor  Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, que dicen: «Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte sino la indiferencia entre la vida y la muerte». En otras citas, dice: «El fanatismo es ciego, vuelve a la gente sorda y ciega […] El fanatismo no se plantea preguntas, no conoce la duda; sabe, cree que sabe».

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).